Artículo de opinión de María Luisa Soriano Martín, diputada regional del Partido Popular

Los jóvenes y el vino

 

1 agosto 2009.-  Una de las conclusiones a las que ha llegado un estudio realizado por el Observatorio Español del Mercado del Vino es que solamente el 8% de los jóvenes españoles consume vino regularmente.

Indica dicho estudio que se observa una tendencia descendente ya que, en 2005, en otro trabajo similar, el porcentaje de jóvenes que rendían tributo a Baco era el 11%.

Las principales causas que aparecen como motivos por los que los jóvenes no se sienten atraídos por nuestros caldos son que rechazan el sabor del vino, que consideran que las botellas deberían tener un sistema de cierre más fácil y moderno y que tendrían que ser más pequeñas.

Sobre los motivos que aparecen reflejados en el referido estudio me gustaría hacer algunas reflexiones:

Primero. El hecho de que los jóvenes rechazan el sabor del vino es evidente, pero les pasa lo mismo con otros productos como el whisky, el ron o la ginebra que, sin embargo, sí que mayoritariamente los toman mezclándolos con refrescos gracias a una publicidad perfectamente dirigida hacia el hueco de mercado que ocupa la gente joven.

Recuerdo que cuando algún amigo se pasaba de copas, decíamos: “Es que no sabe beber”. Aquella expresión era rigurosamente cierta, porque el consumo de alcohol debe basarse no en emborracharse, sino en apreciar los detalles que hacen del vino, de la cerveza y de los destilados exquisitos productos.

Si se enseñase a nuestros jóvenes a valorar detalles tan fabulosos como que en el vino se reflejan la variedad cultivada, su forma de cultivo, su estado fitosanitario, su sistema de recolección e incluso la meticulosidad del agricultor y hasta la personalidad del enólogo, se podría conseguir que cambien su mentalidad y que, en vez de rechazar su sabor, busquen en él los matices que enriquecen su cuerpo y su mente.

Segundo. Que el descorchado del vino debería ser más fácil y moderno es una evidencia absoluta. El hecho de tener que disponer de un sacacorchos para abrir una botella de vino, a lo que hay que añadirle que además se puede quedar mal delante de los amigos si se comete el fatal error de romper el corcho en la operación, condiciona el consumo de vino de los jóvenes.

Buscando soluciones, en mercados tan importantes como el canadiense o el noruego están tratando de implantar lo que se denomina bag in box (bolsa en caja), un sistema que consiste, como su nombre indica, en cajitas de cartón en cuyo interior se coloca una bolsa hermética que contiene al vino y que, según dicen, lo protege para mantenerlo a lo largo del tiempo en perfectas condiciones para que siga estando igual de exquisito que cuando se envasó.

Tercero. Con respecto al tamaño de las botellas, y teniendo en cuenta que el cliente siempre tiene razón, podría utilizarse el modelo que se está poniendo en práctica con otra de nuestras genuinas riquezas: el melón piel de sapo. Esta variedad, que tiene graves problemas de comercialización fuera de nuestra tierra, no por su calidad, sino porque es excesivamente grande para el tamaño medio de las familias europeas, ahora es cada vez más frecuente encontrarlo en el supermercado despepitado, cortado en daditos y perfectamente colocado en tarrinas de ración individual.

Procediendo de forma semejante con el vino, es decir, reduciendo el volumen de las unidades comercializadas, se podría conseguir que el consumidor joven, en su piso de alquiler o hipotecado para toda la vida, quiera y pueda conocer nuevos vinos, dé agilidad al comercio y, sobre todo, se evitaría que termine cansado de una botella de vino por el excesivo tiempo que necesita para bebérsela.

            En Castilla-La Mancha es tan acuciante mejorar la comercialización del vino y es tal el desasosiego de nuestros vitivinicultores que, incluso los eventos protocolarios que organiza el Gobierno regional, a pesar de que la mayoría de las veces terminan resultando estériles, son admitidos por el sector del vino como si se tratase de un último salvavidas para sacarle a flote.

            Barreda, que tiene más “mili” que Cascorro, debería haber aprendido que los problemas nunca se solucionan intentando cambiar las consecuencias, sino que se debe actuar sobre las causas. La solución del problema del vino pasa por fortalecer el sector en origen, para lo que sería necesario que el dinero de los contribuyentes, en vez de a fotos, saraos, reuniones y viajes, se dirigiese a elaborar concienzudamente una política educadora que empapase a nuestros jóvenes de la cultura del vino.

            Así, a lo mejor el Observatorio Español del Mercado del Vino nos daba la alegría de que la tendencia de consumo de vino de nuestros jóvenes había cambiado.

 
     

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